Por Arturo Gamietea Domínguez

La sala improvisada para la conferencia estaba pletórica, aproximadamente entraban 200 niños de primaria, de cuarto a sexto grado; había mucha algarabía, la propia de los asistentes de esa edad.


El anfitrión pretendió platicar con algunos de los alumnos mientras se terminaban de acomodar los del último grupo que entraba al salón. ¿Qué van a estudiar cuando sean grandes, qué les gustaría ser? Las preguntas no tenían respuestas, los niños estaban sentados, sus ojos puestos en el interlocutor, pero totalmente inexpresivos y sin asomo de intentar una respuesta,

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(imagen tomada de www.cienciaonline.com)

No se dio por vencido, las preguntas las dirigió a varios niños en particular, las respuestas eran “No sé, quien sabe, no quiero seguir estudiando, si acaso seré ama de casa…” El joven conductor del evento parecía perplejo, la falta de participación de los jóvenes en principio, después las respuestas insustanciales realmente lo impresionaron.

Hubo una sorpresa, uno de los asistentes levantó voluntariamente la mano, ¡al fin!, alguien quería participar… “Cuando sea grande quiero dormir, comer y descansar”. La expresión del niño no correspondía a las palabras llenas de apatía que salían por su boca, parecía más bien un reto para un adulto que un enunciado sincero.


El presentador sin más preámbulo, con una expresión de pesadumbre anunció que era tiempo de iniciar la conferencia sobre matemáticas. Tomé la palabra, me presenté, en la pantalla apareció mi nombre y mi dirección electrónica.


Me da mucho orgullo y me alegra estar con ustedes, les pongo mi correo electrónico por si quieren escribirme, lo hagan; me dará mucho gusto tener comunicación con ustedes. Nadie, dentro del público hizo nada. Ahora voy a decir unas palabras mágicas con las cuales lograré que se abran todas las mochilas y se pongan a escribir mi dirección.

Seguramente están pensando… “Para qué quiero la dirección de un viejito, de qué podríamos platicar…” Bueno yo les puedo ayudar a hacer sus tareas de matemáticas… En esos momentos todos apresuradamente buscaron un cuaderno en dónde anotar la dirección mencionada.


Otra cosa que inmediatamente logró cambiar la actitud del numeroso grupo, fue decirles que no se daría una conferencia de matemáticas, sino que les platicaría el cuento: “En el mundo del número nueve”, las caritas se llenaron de sonrisas, los ojos brillaron, la tensión en los cuerpos desapareció al tomar una posición más cómoda en los asientos.


Conforme avanzaba la plática (cuento) el número de participantes aumentaba, pero cuando apareció en la pantalla una lista de números como:

111111

222222

333333

444444

555555

666666

777777

888888

999999

Quedaron perplejos, se callaron y quedaron a la expectativa con un dejo de desilusión en sus caras… Se les pidió que los leyeran en voz alta… y poco a poco aumentó la participación y la emoción llegó a convertirse en euforia…

¡Trescientos treinta y tres mil trescientos treinta y tres!

¡Cuatrocientos cuarenta y cuatro mil cuatrocientos cuarenta y cuatro!


Aquí los 200 niños gritaban con toda su alma, parecía que lo habían practicado, porque naturalmente tomaron el ritmo y todos al unísono coreaban; continuaron…


¡Setecientos setenta y siete mil setecientos setenta y siete!

¡Ocho cientos ochenta y ocho mil ochocientos ochenta y ocho!


¡Oigan ya están hablando como yo, como viejitos!

ja, ja, ja, ja

¿No les parece hermoso?, se les llena la boca al decir semejantes palabrotas.

Las risas, los ojos brillantes y las caras de aprobación no tenían límite…


Al terminar la plática, el joven que había dicho que solamente quería dormir comer y descansar se me acercó y dijo: “¡muy bien, eh!”


Gracias joven, pero tenga cuidado, cuando muera, tendrá mucho…, realmente mucho tiempo para descansar, ya nada lo molestará; aproveche la vida, es muy corta, se va así de rápido.


“Si profe, voy a pensar en eso… Gracias”

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