Por Arturo Gamietea Domínguez

Cuando crucé la frontera por primera vez para ingresar a los Estados Unidos, tuve que acudir a la llamada revisión secundaria. El oficial de la aduana que me entrevistó, era un joven muy serio, me pidió mis papeles al mismo tiempo que me preguntó a lo que me dedicaba.


Soy matemático, le contesté; inmediatamente dejó de leer mis documentos, levantó la vista, se me quedó viendo con una sonrisa y una cara que manifestaba sorpresa e incredulidad. Supuse que había escuchado muchas respuestas, quizá raras, pero ¿matemático?, creo que era la primera vez.

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Hizo a un lado la carpeta que contenía mis documentos, tomó una hoja de papel en blanco y escribió la letra griega pi (
p), ¿qué es eso?, me preguntó. Pi, 3.1416, le contesté llanamente, pues me acordé de la recomendación de no hacer bromas ni tratar de hacerme el gracioso.


Mmmm… y ¿esto?, volvió a preguntar sobre lo que había escrito: Sin (x): es la función trigonométrica seno (la escribió en inglés). Su cara se iluminó, guardó mis papeles y sin haber visto más que del primero, quizá el párrafo inicial. Dijo: puede pasar; con una gran sonrisa que reflejaba mucha satisfacción.


En otras ocasiones, al transitar por las carreteras de esta hermosa península de Baja California, encontré que al pasar por alguno de los muchos retenes de soldados, nos preguntaban a mis compañeros de viaje y a mi, a qué nos dedicábamos, generalmente contestábamos que éramos profesores universitarios o investigadores científicos y el interrogatorio se extendía un poco más, leían el logotipo en la parte lateral del vehículo que llevábamos, pero…


Un día se me ocurrió gritar desde el asiento de atrás en el que viajaba: “soy profesor de matemáticas”, el soldado, sorprendido, inmediatamente nos permitió el pase. A partir de esa ocasión, en cuanto empezaba el interrogatorio, la sentencia “yo soy profesor de matemáticas”, nos dejaba el paso libre…

Salvo una vez en la que yo era el conductor y al utilizar mi “frase mágica” el joven me dijo con un tono golpeado: por culpa de un profesor de matemáticas yo estoy aquí.


Rápidamente repliqué, si usted hubiera sido mi alumno, no sólo se hubiera divertido, sino también aprendido matemáticas; ahora estaría estudiando ingeniería o algo así. Por ejemplo ¿cuántos dedos tiene en las manos?


Pos 10, contestó de una manera no muy amable. Muéstremelos por favor, empecé a señalar y a contar: fíjese: 10, 9, 8, 7, 6 y los 5 de la otra mano, 6 + 5… ¡Tiene 11 dedos!


El joven soldado se quedó perplejo, observaba sus manos contaba y recontaba los dedos, con el fusil al hombro se fue retirando de su puesto totalmente absorto en sus cuentas…, supuse que ya podía continuar mi camino, las matemáticas nuevamente me habían servido de salvo conducto.

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