Por Guillermo Torres Carreño

Este artículo parte de un ensayo que es una reflexión suscitada desde los años setenta por la relectura del filósofo italiano Antonio Gramsci que ha significado, de facto, un mayor énfasis en los procesos de comunicación que en sus efectos, al contribuir a una teoría de la constitución discursiva desde posiciones no unilaterales ni reduccionistas respecto a los fenómenos comunicativos, paralelamente al progresivo abandono del paradigma informacional, para centrarse en la lógica de las mediaciones sociales.

El concepto cultural que maneja el zapatismo se centra en los siguientes puntos:

  • En principio se tiene la parte idiosincrática, la tradición que se manifiesta desde una cosmogonía filosófica propia.
  • Luego está su modo de interrelacionarse con su entorno, desde la naturaleza, hasta los seres humanos individual o colectivamente. Este punto converge en su concepto de lo social y lo político.
  • Hay otra parte que se refiere al potencial humano heredado por una cultura ancestral, tiene relación con la creatividad y sus formas de expresión artística e intelectual para aplicarlo en la realidad y llegar a soluciones válidas.

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(diseño de Guillermo Torres)

El zapatismo articula este concepto, esto significa que tiene un límite su propuesta en el contexto de la sociedad mexicana, si bien presupone el reconocimiento del sujeto político, no se ha traducido después en el ámbito de la propuesta del EZLN. En el reconocimiento de esa propuesta, la sociedad política ya no la identifica y sólo lo hace una parte de la colectividad civil. Es por ello que el movimiento zapatista en sí mismo es mucho más amplio que el EZLN. La tradición de resistencia de las comunidades indígenas no se puede definir en términos folclóricos, tiene que traducirse al ámbito social y, sobre todo al político, aunque sin olvidar el ámbito cultural.

La recuperación crítica de Gramsci por las ciencias sociales centra, en el estudio de la comunicación, el interés por la lógica de las mediaciones y los mediadores sociales, prestando mayor atención a las determinaciones del contexto, más allá de la preocupación por los efectos de los medios. Su interés por la cultura popular ha servido, de este modo, de punto de partida para desbloquear, la cuestión cultural y el reduccionismo clasista que acompañaba anteriormente a este tipo de análisis. Si la actitud de la derecha tendía a considerar la cultura de masas como diversión de ilotas propia de la barbarie plebeya, el zapatismo esboza una crítica de izquierda en la que destaca el carácter hipnotizante de la cultura de masas, instrumentalizada por la clase dominante en el neoliberalismo para desviar a las masas de sus verdaderos intereses, es decir, como un nuevo opio del pueblo.

Este planteamiento de la comunicación hecho por Gramsci posee interés por la lógica de las mediaciones y los mediadores sociales, y eso es precisamente lo que ha llevado a cabo el zapatismo, ha sido un agente mediático con la sociedad civil y sus colectivos. Sobre esto recae también la estrategia de comunicación política del EZLN.

La filosofía de la praxis, significa el coronamiento de una propuesta de reforma intelectual y moral, superadora de la brecha teórica abierta entre cultura popular y alta cultura. Existe un acercamiento a las culturas populares y dicha estrategia neozapatista rompe de modo polémico con las pre-nociones elitistas e intelectuales de tipo etnocéntrico y sociocéntrico, propios del pensamiento ilustrado y de las aproximaciones románticas a este objeto de estudio. En este sentido se puede establecer un claro contraste entre la cultura de masas planteado por el pensamiento sistémico en contraposición de una cultura verdaderamente alternativa como la que plantea el movimiento zapatista. Esto desvanece el paradigma del pensamiento ilustrado y se relaciona con una de las principales características del zapatismo al respecto, y es el hecho de carecer de etnocentrismo. Va de lo particular a lo universal. Pero incluso esta visión propia posee ya preceptos de carácter universal.

En pos de su proyecto de refundación de una nueva hegemonía, se fija la atención en el carácter y sentido de la cultura popular desde una posición no mecanicista, en la que supera la visión aristocrática dominante en el acercamiento a las culturas subalternas.

Estamos ante un planteamiento ideológico como proceso de formación de conciencia que constituye a los sujetos sin pre-codificarse la identidad de clase, es decir, comprometiendo el lenguaje y los discursos más allá de la historia, el concepto de sentido común adquiere, en el tema cultural e identitario, una preponderancia determinante muy diferente. De ello, es importante subrayar, la similitud de lo que establece Gramsci, como refundación de otra hegemonía, con lo convocado en el planteamiento de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona en la que los zapatistas convocan a la construcción de una nueva izquierda en México que deje de lado los viejos vicios de la izquierda clásica, todo ello mediante planteamientos y concepciones propias de los pueblos indígenas de México, aportaciones legítimas y válidas en el panorama político actual denominado posmoderno.

Así pues, la cultura y las ideas vuelven a ser, en los estudios culturales un territorio complejo objeto de disputas, donde los grupos dominantes que, aunque poderosos, no tienen la dominación garantizada. De este modo se trata de comprender mejor la relación real de la cultura hegemónica con la sociedad civil, es decir, de la reflexión gramsciana sobre la cultura subordinada, las ciencias sociales obtienen razones y elementos de intervención y crítica de la cultura hegemónica. Ahora bien, algunos han sacado de los análisis de Gramsci una invitación a ver la cultura de las clases subordinadas precisamente como una cultura autóctona, como alternativa a la cultura hegemónica. La estrategia zapatista plantea las cosas exactamente al contrario: la cultura subordinada lo es, precisamente, en cuanto carece de conciencia de clase, es la cultura de las clases que no son todavía conscientes de sí mismas. En ella conviven la influencia de la clase dominante, residuos culturales de civilizaciones precedentes.

Es importante tener en cuenta que existe un marcado debate, en torno al tema que nos ocupa, altamente simplificador, y falso en cuanto a sus resultados, al reducir el sentido de las investigaciones gramscianas a una interpretación excesivamente reduccionista: por un lado, la interpretación de las culturas populares como culturas contrapuestas y deslegitimadoras de la cultura dominante, politizando la antropología cultural en sus críticas a los efectos reedificadores de la falsa conciencia; por el otro, los desniveles internos de la cultura como coexistencia de diferentes planos culturales conectados con la división en clases y la desigual distribución del capital cultural. En cualquier caso, el determinismo clasista da cuenta del grado de exterioridad o relación en que se encuentran sendas culturas.

La crítica a la cultura hegemónica, de la que se habla, la ha llevado a cabo el movimiento zapatista. Este enfoque de Gramsci en el que plantea la ruptura hegemónica de la cultura de clases; y esto tiene también una estrecha relación con la línea de acción que ha tenido el zapatismo al respecto.

En cuanto al ámbito de la comunicación, este acento en la cultura popular llevaría consigo un movimiento pendular traspasando los esquemas mentales y pre-supuestos atribuidos a la clase dominante, al poder de impugnación de la cultura popular: «Si antes una concepción fatalista y mecánica de la dominación hacía de la clase dominada, un ser pasivo sólo movilizable desde fuera, ahora la tendencia será, atribuirle en sí misma, una capacidad de impugnación ilimitada, una alternatividad.

La relativamente reciente ruptura del paradigma informacional –que identifica la comunicación con el proceso de transmisión de los significados ya dados, esto es, anteriores al proceso mismo de la comunicación– ha supuesto que, en los últimos años, las investigaciones más destacadas en el ámbito de la comunicación y la cultura resalten, por su valor explicativo, el carácter significativamente productivo de las mediaciones en el proceso comunicativo entero; -mediación que ha asumido el EZLN en sí mismo como interlocutor, desde la emisión hasta la recepción- y la naturaleza transaccional y negociada de toda comunicación.

Así pues los planteamientos gramscianos adquieren validez en medio de la posmodernidad, ya que la cultura popular es el epicentro de nuevas pugnas ideológicas en el proceso de refundación hegemónica, concepto teórico aplicable al proceso de refundación de la izquierda que está teniendo lugar en México. De este modo quedan ligadas las formas de expresión cultural dominantes entre las masas como epifenómenos y gérmen de un nuevo esquema de organización.

Tenemos que durante el siglo pasado, con especial énfasis a partir del fin de la Guerra Fría y con “argumentos de venta” en el inicio del Siglo XXI, entre el atrincheramiento fundamentalista y la homogeneización mercantilizada hay lugar para y discutir qué puede hacerse desde las políticas culturales a fin de que las alianzas económicas no sirvan sólo para que circulen libremente los capitales sino también las culturas. Esta es una línea que claramente ha seguido el zapatismo, han realizado un esfuerzo para generar ese intercambio con distintas culturas como punto de encuentro y diálogo. Esto ha enriquecido en gran medida la experiencia de la lucha zapatista, y lo cierto es que como resultado, ha dado ese carácter universal que se define como una lucha planteada por los indígenas mayas de México; que tiene similitudes y simpatía de grupos y colectivos de una multiplicidad de etnias y culturas, no solamente en México, sino en distintos lugares del planeta, reivindicando así otra globalización, la de la resistencia por conservar las identidades culturales. En este aspecto, la figura mediática que ha asumido el EZLN es clara y contundentemente crítica al proceso de la globalización, una alternativa de conservar lo propio para compartirlo y aceptar lo de otros, dando lugar a la ruptura de la homogeneidad social que busca el sistema en el “fin de la historia”.

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