Noticias del Imperio*

Por Rosario Herrera Guido(Publicado en La Jornada Michoacán, el 8 de septiembre de 2007).

Fernando del Paso (México, 1935), escritor, dibujante y pintor, el autor de José Trigo (1966), Palinuro de México (1977) y Noticias del Imperio (1987), poemarios, teatro y cuentos, entre otras obras, premio Xavier Villaurrutia (1966), Rómulo Gallegos (1982), Casa de las Américas (1985), recientemente Premio Feria Internacional del Libro (2007) y otros reconocimientos, con Noticias del Imperio (Diana, 1987), lega para la memoria histórica mexicana una novela que, entre la historia y la ficción, trae el pasado ante nosotros para advertirnos su presencia y el peligro de la repetición.   

  

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A manera de epígrafe, que resume su erudita y poética novela, nos recuerda el hecho histórico que lo llevó a realizar tan espléndida empresa: “En 1861, el Presidente Benito Juárez suspendió los pagos de la deuda externa mexicana. Esta suspensión sirvió de pretexto al entonces emperador de los franceses, Napoleón III, para enviar a México un ejército de ocupación, con el fin de crear en ese país una monarquía al frente de la cual estaría un príncipe católico europeo. El elegido fue el Archiduque austriaco Fernando Maximiliano de Habsburgo, quien a mediados de1864 llegó a México en compañía de su mujer, la Princesa Carlota de Bélgica. Este libro se basa en este hecho histórico y en el destino trágico de los efímeros Emperadores de México”.

                      Fernando del Paso se centra en  la trágica historia de un fugaz imperio, cuya principal protagonista es la alienada voz de la emperatriz Carlota, quien en plena vejez teje recuerdos en torno a su esposo fusilado, desde su fastuosa cuna hasta el crepúsculo de los sueños imperiales, que junto con otras voces históricas y fantásticas, como la de su esposo Maximiliano, cual notas de un pentagrama, acompañan a la primera voz, tratando de desentrañar el absurdo deseo de poder, paralelamente a la intensa búsqueda de la identidad mexicana y a la locura del amor. Así, México, entre América y Europa, se convierte en un país de aventuras, gracias a la pasión de Fernando del Paso: escribir una novela total, a partir del encuentro entre la historia y la ficción, la realidad y la fantasía, la filosofía y el mito, el amor y el erotismo, la política y la religión, la experiencia colectiva y la aventura personal.

Una aventura imperialista que, a pesar de las promesas de los conservadores que ofrecieron a los franceses un México sumiso y deseoso de un príncipe,  tuvo con frecuencia que ametrallar casa por casa, arrojar granadas por las ventanas, balcones, claraboyas y derribar barricadas inimaginables, hechas de roperos, cubetas, planchas, loza, barriles, huacales y cazuelas, que no permitían avanzar al enemigo, al punto de que los franceses pensaran como salvación en los cañones navales de Veracruz.

Y cuando Fernando del Paso sigue en sus meditaciones y dictados al Emperador Maximiliano, le colma de preguntas para que responda a sus ilusiones y a sus vergüenzas: “¿No le había aconsejado su suegro Leopoldo rodearse de nacionales para no herir la susceptibilidad de los mexicanos? ¿Pues no era acaso un mexicano ese joven de veintidós años, inteligente y honrado que estaba a su lado, su Secretario José Luis Blasio? ¿No había logrado que un liberal mexicano, Don Fernando Ramírez, aceptara un puesto en su gabinete? Y el limosnero de la corte, Obispo de Tamaulipas, no sólo era mexicano, sino indio puro. ¿Y no se habían sentado a su mesa dos antiguos y destacados generales republicanos, Uranga y Vidaurri, además de varios amigos del propio Benito Juárez, que habían dicho que si no eran imperialistas sí, en cambio, eran ‘maximilianistas’? ¿Y no habían demostrado Carlota y él su amor y compasión hacia los indios, hasta el punto que, un poco en serio, un poco de broma, se hablaba ya de la ‘indiomanía’ de los Emperadores? ¿No había nombrado Carlota dama de palacio a una descendiente del Emperador Moctezuma?”. (p. 294). Cualquier parecido con el imperio caderoniano no es pura casualidad.        

Como conclusión, tal vez sería mejor distanciarse de los franceses y crear un ejército mexicano. Había que aprovechar el creciente desprestigio de Juárez, que en su gobierno itinerante interminable, ahora lo había manchado un acuerdo entre su representante en Washington, Matías Romero, con el general Schofield, que para evitar que México se inundara de aventureros americanos, pactaba formar un ejército al frente del cual estaría el general Ulises Grant, un héroe de la Guerra de Secesión (un ejército a las órdenes de Juárez), y que se premiaría a sus oficiales y soldados con tierras y dinero, además de la oportunidad de adquirir la nacionalidad mexicana. Cualquier parecido con alguna reciente negociación no es pura casualidad.      

Fernando del Paso muestra a los dos emperadores colmados de consejos para que puedan conservar y fortalecer el Imperio. Desde que a las naciones latinas había que gobernarlas con mano de hierro envuelta en guante de terciopelo, hasta que debían mantener todo el tiempo el poder absoluto. Pero, entonces, ¿cómo sostener el proyecto inicial: crear una monarquía liberal  y constitucional asumiéndose como un dictador? ¿Habría que aceptar la consigna de que “sólo la dictadura puede decir: habrá luz y orden”? Cualquier analogía con Atenco, Oaxaca o la militarización del país no es pura casualidad.

Ya en plena debacle de la aventura imperialista, los recuerdos atormentaban a Maximiliano. En una caminata con el General Del Castillo, le preguntó cómo había muerto el Padre de la Independencia de México, el cura don Miguel Hidalgo, y le respondió que fusilado por los españoles, y que por mala puntería de los soldados la primera descarga le rompió el brazo, la segunda un hombro y el vientre, la tercera rozó el aire y hasta el cuarto intento ráfagas a quemarropa terminaron con la vida del prócer, además de que le cortaron la cabeza y la expusieron con otras tres de sus capitanes, colgadas en unas jaulas de hierro, en la alhóndiga de Granaditas en Guanajuato. Un relato ante el que Maximiliano sabía que Juárez no haría tal cosa con él, ni con Márquez, Miramón o Mejía, porque le escribiría a Escobedo o a Juárez y les exigiría que lo fusilaran excelentes tiradores, para que le apuntaran en el corazón, pues se separaría su rubia barba para señalárselos en el momento fatal.

Mientras Carlota de Bélgica, Emperatriz de México y de América, es colmada de flores de cempoalxóchitl, acompañada por el perro nahual que custodió a Quetzalcóatl en su viaje por el Mictlán, obsequiada con una vajilla de barro negro de Oaxaca, el penacho y el escudo del Emperador Moctezuma. Porque ella es “María Carlota Amelia Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México”. (p. 668).  

           

    * Este texto lo envió la propia Rosario Herrera, comenta que ya no colabora con La Jornada.

El texto es muy interesante. Considero que Noticias del Imperio es una de las grandes novelas escritas en lengua española y pareciera que no nos damos cuenta de su importancia. Existen múltiples ediciones en varios idiomas.

 

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