Acabamos de tener elecciones en España, así que toca hablar de política. Y no es que a mí me guste; reconozco que hace años que dejó de interesarme tal y como se vive hoy día, esa política de escenario, con asesores de imagen y consejeros de discursos, en la que el color de una corbata o una metáfora impactante importan más que las ideas, que apenas se adivinan al fondo, muy en el fondo, y lo único que parece importante es alcanzar el poder, a toda costa, como fin en sí mismo.
Tal vez sea un síntoma de que me estoy haciendo mayor, pero echo de menos aquellos tiempos en que la democracia española era una niña (y no la niña de Rajoy, no confundamos, quien por obra y gracia de los adelantos actuales también lo es de Obama), y a las cosas se las llamaba por su nombre. Sabíamos de qué pie cojeaba cada uno, el zurdo y el diestro. Los de izquierdas no tenían complejo de autodenominarse comunistas (los que lo eran) y los de derechas no ocultaban su discurso clasista, retrógrado, heredero del antiguo régimen, el de Franco (hoy día tampoco es que se corten mucho, la verdad, pero maquillan su lenguaje y lo transforman en algo más “políticamente correcto”).

(en la imagen, tomada de norteysur.wordpress.com, aparecen el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, y el Presidente de la Comunidad Andaluza, Manuel Chaves. Ambos pertenecen al mismo partido, PSOE)
En mi tierra, Andalucía, además de las elecciones generales, también hemos tenido las autonómicas, regionales. Como indicaban todos los pronósticos ha vuelto a ganar Manuel Chaves, el candidato del Partido Socialista Obrero Español. Este partido lleva veinticinco años detentando el gobierno de Andalucía, de los cuales, dieciocho con Chaves a la cabeza –perdóneme, Sr. Chaves, lo de la cabeza había que decirlo y de verdad que no he querido hacer alusión alguna al tamaño de la suya-. Además de porque no hay una buena alternativa, creo sinceramente que Andalucía es socialista, por eso este partido vuelve a salir una y otra vez.
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