Hemeroteca del Autor


     Con el fin de ayudar al/a la lector/a a ir sobrellevando los rigores del invierno, y siendo conscientes de que el uso de las calefacciones es antieconómico y antiecológico, además de antinatural y otros muchos “antis”, se nos ha ocurrido incluir una sección que contribuya a elevar la temperatura de los cuerpos y de las mentes.

 

     Queremos ofrecer una serie de relatos, de contenido erótico-festivo, encontrados por aquí y por allá, a lo largo y ancho de la red. No son relatos elaborados en el Chilango, sino buscados desde y para el mismo, de autores/as anónimos/as en su mayoría. No pretendemos realizar una selección literariamente exquisita e impoluta, sino simplemente divertida, amena y que anime a seguir leyendo. Lo que cada uno haga al terminar la lectura es cosa de cada cual. Nosotros nos daremos por satisfechos si conseguimos que pasen un rato entretenido.

 

     El primero de los cuentos se sitúa en un centro de estética. Debo reconocer que, tras su lectura, me apresuré a pedir cita yo misma en un centro de tales características a ver si corría la misma suerte que la protagonista del relato. Pero, aparte de unos tirones de mil demonios con cera caliente en partes muy delicadas de mi anatomía, no conseguí nada más. En fin… mi gozo en un pozo.

 

     Bueno, basta ya de palabrería y comencemos ya esta sección. Como se decía en tiempos de un  indeseable de la reciente historia española: “queda inaugurado este pantano”.

 

                                                                                                                   Ana Gaditana

 

 


DEPILACIÓN Y MASTURBACIÓN… ¡EL MEJOR 2 X 1!

 

Mi nombre es Ana, y no voy a aburriros con las típicas descripciones.

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El otro día pedí hora para depilarme. Como siempre llamé a Eva, una señora de unos cuarenta años que atiende en un pequeño piso que tiene montado para llevar adelante su negocio. Me gusta que me depile ella ya que hace varios años que la conozco y es una persona que me da suficiente confianza para desnudarme totalmente ante ella y que me vaya depilando diferentes partes de mi cuerpo sin que me sienta incómoda por estar desnuda. Además tengo que reconocer que cuando me depila el pubis me lo deja siempre perfecto y que no deja ni un solo pelo en donde no deba de haberlo, lo cual encanta a mi marido.

EVA: No puedo darte hora Ana, lo tengo todo lleno, hoy viernes y siendo verano te lo puedes imaginar como lo tengo.

YO: Dame aunque sea a última hora, cuando hayas acabado con todos, me gustaría estar presentable para mi marido el fin de semana.

EVA: Bueno, pues ven a las ocho, pero es posible que te haga esperar un poco.

Tras agradecerle que me fuera a atender colgué el teléfono y faltando media hora para la cita fui hacia allí.

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Por Ana Gaditana


En esta ocasión les voy a hablar con gusto de José Monge Cruz, Camarón de la Isla, el más grande cantaor de flamenco, según opinión de muchos y según el enorme éxito discográfico obtenido, que ha dado jamás la historia de este arte. Nació en la isla gaditana de San Fernando, en Cádiz, en 1950, y tuvo una vida corta, pero intensa en lo que a hacer buen flamenco se refiere.


No puedo recordar cuándo escuché a Camarón por primera vez, como tampoco cuándo oí los primeros acordes de la guitarra de mi padre. Su voz forma parte de los sonidos que me han rodeado desde siempre, desde que tomé conciencia de mi propia existencia. En mi casa siempre ha habido cintas de flamenco: Lole y Manuel, El Lebrijano, Pansequito, El Turronero, El Cabrero, Bernarda y Fernanda de Utrera, Rancapino, Juanito Villar, Chano Lobato, Bambino, El Chato de la Isla, El Beni de Cádiz y un larguísimo etcétera. Y, sobre todo, Camarón.

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Acuden a mi memoria aquellos enormes tocacintas (radiocasetes se les llama aquí) de la época en los que se reproducían cintas que, en no pocas ocasiones, salían maltrechas del aparato, con todas sus tripitas enganchadas entre las pequeñas piezas internas del reproductor. Y nunca podré olvidar los paseos en el Seat 133 familiar, donde también se escuchaba flamenco en los reducidos espacios de silencio que dejaban tres niñas revoltosas.

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     Por Ana Gaditana

      Algo que caracteriza a la violencia de género es que no es un fin en sí misma, sino que es un instrumento para controlar, dominar, someter a las mujeres en nuestro sistema social patriarcal. Se pretende perpetuar con ella la posición inferior de las mujeres.  Y es que la violencia contra las mujeres tiene mucho que ver con la desigualdad de género. Ambos conceptos se retroalimentan y configuran un siniestro círculo vicioso: las mujeres maltratadas se sienten dominadas y dependientes de sus agresores,  y sus agresores, al sentirse en un plano dominante, tienen más facilidades y posibilidades de recurrir al uso de la violencia contra las mujeres.  En ello radica la gran fuerza de dominación masculina: su superioridad es reconocida y admitida por las dominadas.

     Por otra parte, a nivel individual, se intenta explicar la actitud de los maltratadores haciendo hincapié en las conductas aprendidas durante la niñez, porque hayan sido objetos o testigos de abusos, degradaciones, violencia, de manera reiterada durante la infancia.

     Yo añadiría a las tesis sociológicas y psicológicas, la tesis de la pura y simple mala leche. En no pocas ocasiones tenemos complejo de reconocer que actos tan despreciables como los de la violencia contra las mujeres son cometidos lisa y llanamente por malas personas. Claro que estamos en un sistema patriarcal que coloca a las mujeres en una situación de riesgo frente a la violencia machista. Claro que una infancia difícil puede influir en la vida de una persona hasta el punto de hacer de ella algo diferente a lo que hubiese sido de haber tenido una niñez sin problemas. Pero no creo que, ni lo uno ni lo otro, por sí solos o combinados, sean factores completamente determinantes. A ello hay  que sumar, para que se maltrate a un ser humano, un ingrediente fundamental: mucho cabrón suelto.



    Pero, ¿qué está pasando que parece que hay más casos de violencia contra las mujeres ahora, con una  democracia consolidada en la que va desapareciendo el patriarcado, que en el pasado, cuando ese sistema social se encontraba en plena vigencia?

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Por Ana Gaditana


Me he resistido durante mucho tiempo a escribir sobre este tema. Y ello porque hay estudiosos que opinan que la repercusión social y mediática, que en los últimos años se está produciendo en países como España, de este tipo de delitos incita a otros agresores a inferir violencia contra otras mujeres. Ello no significa que alguien no tendente a la violencia lo vaya a ser porque se dé cancha en los medios de comunicación a esta clase de crimen, sino que, parece ser, que aquellos “valientes” que sí tienen tendencia agresiva de carácter machista se enardecen y animan a agredir cuando conocen de otros casos.

Por otra parte, el hecho de que se hable de este tema propicia que sea visible, que no se considere como algo normal el que los hombres ataquen a las mujeres, llegando incluso a matarlas. Ello hace que esta modalidad de violencia salga del entorno privado de las familias, que la sociedad repruebe estas conductas, considerándolas despreciables, y que las víctimas de las mismas tomen conciencia de su situación y se decidan a denunciar a sus maltratadores. Tal vez por ello desde las mismas instituciones españolas se lleva un registro y recuento público de víctimas, además de estar adoptándose otras medidas para prevenir y paliar este grave problema.

Yo voy a tirar por el camino de en medio y no voy a hablar de casos concretos. Voy a hablar de esta lacra social en general, sin poner nombres ni apellidos a la tragedia, ni hijos sin madre, ni padres sin hija, ni hermanos sin hermana, ni de amigos sin amiga.



(canta Pasión Vega, título de la canción:“María se bebe las calles”)


Según cifras del Instituto Nacional de la Mujer, en España, en 2007, 71 mujeres fueron muertas a manos de sus parejas o ex parejas. A fecha de 11 de abril de 2008, ya iban 20. Después de esa fecha, en los últimos días, se han dado más casos. En realidad, no me gusta decir “muertas”, sino matadas, asesinadas… son mujeres a las que se les ha arrancado la vida violentamente, ninguna de ellas murió porque sí. Sus asesinos, en gran número de ocasiones, después de matar, se suicidan. Desde aquí los invito a invertir el curso de los acontecimientos: que empiecen suicidándose, y, después, ya hablaremos.

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Esta mañana cierto chilango, muy alertado, se puso en contacto conmigo: “Fíjate lo que está pasando en tu tierra”, me decía, “es increíble que esto esté ocurriendo en un país del primer mundo”. Sinceramente, a mí no me sorprendió ni poco ni mucho. Soy ciudadana de un país del “primer mundo” de toda la vida y sé que estas cosas siguen sucediendo, desgraciadamente.

La noticia que tanto lo sorprendió fue que la gerencia de una empresa hospitalaria en Cádiz, la Clínica San Rafael, ha dejado de pagar un complemento en la nómina de algunas de sus empleadas por no cumplir con la normativa relativa al uniforme dentro del puesto de trabajo.

Es decir, lo que está ocurriendo es que las enfermeras y auxiliares de clínica, si no quieren ser castigadas con una merma de su sueldo, han de vestir el uniforme de enfermera a la antigua usanza: con cofia, escote, falda y delantal que se ciñe a la cintura marcando la silueta. No solo han de hacer bien su trabajo, sino también, estar monas para los ojos de los clientes.

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Fotografía tomada de www.lavozdigital.es

Las trabajadoras han anunciado movilizaciones para protestar por tal medida, ya que estiman que conculca la Ley de Igualdad, que es una normativa ideada para evitar la discriminación por razón de sexo. Y es justo lo que está pasando en este caso, ya que sus compañeros varones pueden trabajar con un uniforme mucho más cómodo y acorde a sus funciones, sin ser obligados, además, a servir de adorno para nadie. También se está discriminando por razón de clase, ya que a las profesionales de más alto nivel (las médicas) no se les obliga a usar este uniforme ridículo, anacrónico, machista y nada ergonómico.

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